El crupier enarcó las cejas dos veces mientras me miraba a los ojos fijamente.
Lacónicamente frunció los labios y mientras bajaba la mirada gritó.
¡No va más!
Hipnóticamente observé las fichas en mi mano derecha, cerré el puño pero esta vez no lo apreté con rabia. No las desparramé por el suelo ni me entretuve en recogerlas. Tampoco escuché la bolita golpear contra las maderas. Mi vista alternaba entre mi puño y mis pies.
Tampoco busqué en vano ese pálpito emocionante del juego, del riesgo, del todo por el todo, de la incertidumbre vital.
No había perdido, pero tampoco ganaría. Seguiría igual, seguiría inmerso en un insípido bucle, agónico, lacerante, perverso, insoportable.
La voz del crupier me sacó del ensimismamiento.
…….. Impar, negro.
Ni siquiera escuché el número, qué importaba, por otro lado.
Otra oportunidad perdida sin tan siquiera haberlo intentado. Se esfumó como volutas de humo de un cigarro.
Tarde o temprano, el Casino de la vida cerrará sus puertas, y las fichas, con el Casino cerrado carecerán de valor, como flores marchitas.
Un imperceptible temblor se apoderó de todo mi cuerpo, un mal pálpito paró mi corazón, una opresión me cerraba la boca del estómago, los labios del crupier comenzaron a moverse y recobré la respiración.
¡Hagan juego, señores, hagan juego!


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