Posteado por: barrenado | noviembre 24, 2008

COMPARTIENDO MANÍAS

A veces suelo decir peyorativamente que mal de muchos, consuelo de tontos, pero también podría darle la vuelta y verlo de una forma positiva.

Cuando compartimos con los demás cosas que nos parecen virtudes, les llamamos aficiones y hablar de ellas, compartir esas experiencias, lo asumimos como un acto de socialización. Las asociaciones deportivas, culturales, de festejos, etc, por ejemplo.

Cuando compartimos esas cosas que sin ser pecaminosas, no son virtuosas, algo así como manías, también hay un acto de complicidad, pero no solemos pregonarlo, queda relegado a un segundo plano, aunque no en el olvido porque reconocerse, aunque sea en parte, en otra persona es un sentimiento placentero como pocos, al menos en mi caso, y cuando es en cosas cuanto menos denominadas íntimas, mucho más. Puede ser una sensación de alivio, pero también de inmenso ánimo.

Por ejemplo nunca he oído hablar de un club de infelices, y me consta que los hay (infelices, no clubs), o de tímidos, o de tristes, por ejemplo.

Creo que tengo mucha afinidad con personas, con muchas personas a las que visito en sus blogs, sin nunca haber intercambiado una palabra con ellos, y creo que esa afinidad nace de compartir experiencias, sentimientos que nunca verían la luz en una convesación, que probablemente sólo tendrían cabida en el lugar donde los encuentro, en sus blogs, y que en cierta medida me veo identificado en ellas.

Toda esta reflexión viene de una experiencia que tuve hoy en una cafetería, una experiencia banal que me llevó a pensar y extrapolar lo sucedido a un campo más general.

Estaba tomando un café con varios compañeros, pero sólo dos estábamos sentados en una mesa porque la barra, gran amiga, estaba ocupada por lo otros. Llegó la camarera y se puso a retirar las tazas vacías y el compañero le hizo un gesto de negación y la chica pasó a la mesa siguiente. Fue entonces cuando observé que tenía la taza vacía, igual que yo y me dijo:

– No hay cosa que más joda que me quiten la taza o el vaso antes de que me marche.

Y ahí fue donde compartimos nuestro más profundo malestar con ese tipo de acciones, que si parece que tienen prisa, que si parece que quieren echarnos, que si parece que quieren que consumamos más, etc, etc.

También coincidimos en la profunda estupidez de que nos pareciera tan mal esa nimia acción, pero era algo inevitable. Puede parecer una tontería como creo que es, pero me pareció que salimos de allí más amigos que antes sólo por el hecho de compartir “una rareza”, una “manía”, no sé, el hecho de que no fuera el único que sufría por aquello me pareció que me acercaba a la normalidad, o que me alejaba de “la locura”.

A veces, compartiendo cosas, nos puede dar la sensación de que somos menos raros, cuando creo que en realidad, cuando compartimos, lo que hacemos es sentirnos menos solos, la socialización puede que no sea más que un antídoto contra la soledad, y sociedad sea el antónimo de soledad.

Por cierto que cuando estimamos oportuno marcharnos del bar, dejamos las tazas colocadas en la barra y la mesa limpia porque eso sí, sin rencores.


Responses

  1. Creo que esos pequeños detalles, lo de las tazas, por ejemplo, es lo que nos une verdaderamente a las personas, no las grandes ideas ni los grandes actos.
    Y me refiero a esa unión que existe entre las personas que hace que estés realmente a gusto con ellas, que te entiendas con sólo una mirada…


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