Posteado por: barrenado | marzo 28, 2009

FICCIÓN FINGIDA, ADIÓS, TABERNERA

Rebosando indignación por cada poro de mi piel me dirigí cual bala perdida a la barra del bar.

–          ¿Tienes novio y has permitido que me desgañitara en piropos y te rondara todo este tiempo sin decirme nada?

Abrió los ojos lo más que pudo y me dedicó la mejor de las sonrisas que hasta ese día me había dedicado.

–          A todas las mujeres nos gusta que nos piropeen, aunque tengamos novio.

Ahogó una carcajada y nerviosa se puso a trastear con los vasos sucios mientras de soslayo me miraba. Como si de un resorte se tratara recuperó la horizontalidad plena y se percató de algo.

–          ¿Café verdad?

Se había puesto la universalidad por sombrero, ¡todas la mujeres!, mejor callarse. Como siguiese hurgando en la herida podría seguir universalizando muy fácilmente. Todos los hombres piropeáis, todos los hombres rondáis, todos los hombres buscáis lo mismo.

O peor, podría decirme que quien coño me había creído que era.

–          ¿Café?

Asentí, creo que no hubiera podido salir palabra de mi boca aunque lo intentara.

La taza rodó de su mano y con estruendo se estrelló en el suelo y se hizo añicos. Fácil metáfora. Me miró  y entrecortó una risa. Sin decir palabra cogió otra taza y con gesto tranquilo y seguro de quien ha hecho miles de veces la misma operación me sirvió el café, sin mirarme a los ojos. Sigilosamente como gata por su casa desapareció y apareció con una escoba. ¡Ahora echarás a volar!, ¿no?. Me reprimí, me lo tragué, estuve muy guapo callado. Me dediqué a contemplarla mientras barría con movimientos rápidos y diestros los restos de la porcelana.

Vertí el azúcar en el café y revolví recreándome en las ondulaciones de la espuma de la leche al paso de la cuchara. Sopesé la temperatura observando el humo que salía y cuando creí que había llegado el momento, me lo bebí de un trago. Mis entrañas ardieron casi tanto como ardían en el momento de entrar. Puse dinero encima de la barra y me despedí mientras caminaba hacia la puerta.

–          ¡Adiós!

–          ¡Espera!

El corazón se me detuvo por un instante, paré en seco y me volví.

–          ¿El cambio?

El cambio cámbialo en las monedas más pequeñas que tengas y te las vas tragando todas una a una o te las metes por el culo, lo que prefieras. Volví a estar más guapo, logré mantenerme en silencio lo justo para no decir lo que pensaba.  Con ambiguo gesto de mano le hice entender que lo dejara.

Ni un simple adiós me llevé de recuerdo de sus últimas palabras, crucé la calle y me dirigí sin más rumbo ni dirección que  poner tierra de por medio.

En la cabeza el eco de la habanera que sonaba mientras todo y nada había pasado.

Y si no se le quitan bailando

Los colores a la tabernera

Y si no se le quitan bailando

Déjala que se joda y se muera.

Logré no mirar atrás.


Responses

  1. ¡¡Me ha encantado!! ¿Te pasó de verdad o forma parte de la ficción? En cualquier caso, me gusta mucho. Un besito.

  2. Es como la realidad, un poquito de verdad, mucho de imaginación, un poco de mentira y mucho de ilusión.


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