Posteado por: barrenado | julio 27, 2009

GAMBERRADA

Sé que soy un poco maleducado y descortés dado que este poco tiempo del que dispongo debería dedicarlo a visitar a mis ciberamigos, un poco mal atendidos estos días, pero es que lo que me ocurrió hoy ha sido como dice un conocido, para gustarse a uno mismo y no he podido contárselo a nadie.

He de reconocer que hoy me he gustado y mucho.

El caso es que hoy he sido un grosero y un mal educado, pero lo bien que me lo pasé creo que mereció la pena, lo otro podría decirse que son daños colaterales.

Circulaba yo con una furgoneta alquilada y de empresa, es decir, una furgoneta en la que no funciona casi nada. Llovía copiosamente y al haberme mojado con anterioridad y no funcionar ni la calefacción ni el aire frío ni nada, se empañaba el cristal con lo que tenía que ir con la ventanilla abierta y mojándome otro poco.

Entre lo empañado del cristal, la lluvia, el enfado que llevaba por lo estúpido del encargo laboral asignado y lo tarde que era, además de estar tiritando de frío por momentos, me pasé el desvío que debía coger y me encontré en otro que no conocía y que además, era estrecho y no encontraba lugar para dar la vuelta. Después de más o menos un quilómetro rodado, hallé una gran nave con una entrada enrejada donde me metí para dar vuelta ya que más allá no veía posibilidad de hacerlo. En ese momento, desde una caseta salió un guardia de seguridad chillando como un perro furioso. La verdad es que yo no había llegado ni a la valla, solo metí un poco el morro de la furgoneta para dar vuelta, pero qué pulmones tenía el condenado.

–          ¡Eh, eh!

Como llevaba la ventana bajada, asomé la cabeza más por cortesía que por otra cosa y el tipo poniendo el grito en el cielo:

–          ¡Eh!, ¡Eso no se puede hacer!

–          ¡ Pues llama a los de la televisión y a los del Guinness, colega, que yo voy a hacerlo ahora mismo!

Metí primera marcha, solté el embrague y aceleré como alma que lleva el diablo sin chirriar las ruedas por culpa del agua acumulada en la carretera, pero me pareció que eso ya hubiese sido rizar el rizo.

Lo que me reí.

A veces, una pequeña gamberrada como esta, que no hace mal a nadie, me viene muy bien, despierta el niño que hay en mí. Y al final el gilipollas ese creo que hasta se lo merecía, por borde.


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