Posteado por: barrenado | febrero 16, 2010

QUEDARSE SORDO PARA NO OÍR

Llegó a casa y la encontró vacía. Lo agradeció, lo agradeció enormemente.

Sin nadie ni nada que le molestara, se tumbó en la cama, disfruto del silencio, de la tranquilidad. Cerró los ojos queriendo saborear el momento y acabó por dormirse.

Se sobresaltó tras el portazo, se sacudió en la cama. Las risas y el correteo por el pasillo delató la presencia de su hermana. Otro portazo y los lloros de su hermano. Las risas de su hermana y los sollozos de su hermano se entremezclaban y en su cabeza se unían al punteo del martillo percutor del trabajo, a los gritos para hacerse oír, a las broncas del anormal del jefe, a las voces del bar, al volumen de la televisión, el bullicio del partido ……..

Otro portazo y la discusión de turno de los padres, la recriminación a la hermana, el consuelo al hermano, los reproches mutuos y la voz grave y autoritaria del padre que se alzaba por encima de todas sin lograr calmar nada, sino elevándolas todas.

De un salto, se puso frente al ordenador y empezó a colocar cables y a encender aparatos. Se colocó los nuevos auriculares y entonces oyó el ruido del tráfico, el barullo de la vida cotidiana al otro lado de la ventana. Empezó a subir el volumen y a medida que lo subía notaba como también le subía la ira, la cólera, a punto de explotar.

– ¡Los mejores del mercado!, ¡medio sueldo!, ¡menuda mierda!.

Notó una familiar pero no por ello menos molesta presión en las sienes, comenzó a apretar las mandíbulas inconscientemente y justo cuando no había más volumen para subir se dio cuenta de que la clavija estaba medio sacada, medio metida.

Y la metió de un solo y certero golpe.

Fugaz y veloz.

Un dolor insoportable atravesó su cabeza de oreja a oreja. Como si de una alfiler se tratase le traspasó.

Después vino la calma más absoluta, como si se hubiese sumergido en el agua. La paz le encharcó. Una sensación de húmedo calor era el único rastro que le quedaba por el lugar donde el alfiler le había atravesado tan dolorosamente. Paz y calma, silencio.

El más absoluto de los silencios. Un silencio ansiado y a la vez tenebroso.

Paz, sosiego, silencio.

Como si buceara, atravesó el largo pasillo y entró en el baño, la cara de pánico de su hermano fue sólo una fugaz imagen. Una fugaz imagen a la que se superpuso la suya propia en el espejo.

Se asustó aún más, si eso era posible, frente a su cara de susto reflejada.

Un hilito de sangre resbala por la comisura de la oreja izquierda. Con la valentía que da el miedo voló por el pasillo y se encaró con sus padres y chilló, chilló todo lo que pudo:

– ¡Me he quedado sordo para no oíros ¡

Y chilló una y otra vez, pero ya no se oyó.


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