Posteado por: barrenado | julio 5, 2010

EL TREN

¿Por qué a los niños nos gustarán tanto los trenes?

Dos o como mucho tres años tenía el rizoso que a la mínima oportunidad, chupete en boca, se soltó de la mano de quien le custodiaba.

Inició una vertiginosa carrera entre carcajadas, supongo que festejando la victoria, la libertad, y de pronto se frenó en seco, inmóvil, quieto.

Levantó muy despacio el brazo y señaló.

Hipnotizado contempló el tren pasar, girándose a su paso y justo antes de perderse de vista, le despidió con la mano.

Supongo que los padres, y otros dos adultos más, reían la gracia, perdida de tiempo suficiente para poder emprender de nuevo la fuga, las carcajadas y el consiguiente berrinche cuando le dieron caza, entre carreras y sustos.

De niño me encantaban los trenes. Tenían algo misterioso y seductor. Todo lo de fuera llegaba en tren, familiares, amigos, gente desconocida …….

Era la entrada del mundo exterior al pueblo, porque de aquella la televisión era en blanco y negro y aunque era maravillosa, no parecía real.

Las vías del tren discurrían paralelas a la carretera, de tal forma que la estación se podía vigilar desde la acera y además estar atento a los pocos coches que de aquella había.

Después crecí un poco, y el misterio, la seducción, continuaba, era la forma de salir del pueblo, la forma de ir hacia el mundo.

Recuerdo haber pasado muchas horas sentado en los bancos exteriores de la estación del tren, con los amigos, charlando, comiendo pipas, mirando las chicas pasar ………

Y cuando estaba frío y había suerte con el jefe de estación de turno, nos cobijábamos en el interior.

Y nuestras vidas iban pasando, de la misma forma que los trenes y los pasajeros.

Reconozco que llegué a odiarlo en mi época universitaria, horas en su interior y en sus estaciones, con transbordos incluidos. Pero también me ayudaron algo a la hora de estudiar, sino qué hacer tantas horas allí metido.

Nunca quise ser maquinista, yo, al igual que el niño que hoy vi, sólo quería recibirlos y despedirlos, me fascinaba verlos pasar.

Hoy ya no siento emoción cuando veo un tren, ya no trato de distinguir a los pasajeros de su interior, ya no les digo adiós con la mano. Pero me suelo parar, esperar a que pase contemplándolo e iluminar mi cara con una sonrisa en un acto reflejo.

Hoy, me siguen gustando los trenes, como a todos los niños.


Responses

  1. Aquí no hay trenes, así que para mí siempre tuvieron un halo de misterio. La primera vez que me monté en uno fue en 1996. Estaba emocionada, he de confesarlo. Luego vi que no era para tanto, pero aun así, cada vez que he tenido que montar en tren en ocasiones posteriores ha sido un pequeño acontecimiento. Este año, por ejemplo, en Italia, viajé en uno que tenía vagones de pasajeros con puertecitas y todo, como los de las películas, y luego, tonta, lo comenté como una cosa extraordinaria…

  2. ¿Tonta? No.
    Quizás niña, un poco.
    Pero es una cosa extraordinaria sin lugar a dudas.


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