Posteado por: barrenado | noviembre 28, 2010

PROYECTO DEL ENÉSIMO RELATO

Aquel verano fue el mejor de mi vida. Y probablemente el año también. Había suspendido la selectividad dignamente, evitando remordimientos y reproches, no la necesitaba para estudiar lo que quería. Acababa de pactar no presentarme en septiembre y disfrutar del último verano sin estudiar, la Universidad era muy dura y debería sacrificar al menos tres veranos, como así fue. Tenía coche, algo de dinero ahorrado, una caravana junto al mar y una novia que veraneaba lo suficientemente cerca como para verla todos los días, y lo suficientemente lejos como para no verla alguno.

Y sobre todo tenía diecinueve años, el pelo largo, diecinueve millones de ilusiones y la inocencia de la juventud por bandera.

Atando cabos y por deducción, creo que era finales de Junio. Salía desencantado de una de esas reuniones clandestinas que manteníamos en el comedor de un bar. Y no sólo salía desencantado, sino que lo había dejado claro a los presentes. Estaba harto de tantas notas de prensa y tantos manifiestos y condenas que de nada servían. Gerardo me llamó, me dijo que le esperara y pasándome un brazo por los hombros, casi me obligó a caminar. Después de varios metros en silencio y cuando lo que esperaba era una reprimenda por mis formas, me invitó a una excursión a la montaña para el día siguiente.

Gerardo era el mayor de todos, pelo blanco, rondaba los cincuenta y bastante callado. Era una referencia, una especie de ideólogo, estaba curtido en mil batallas, había pasado por la cárcel, era hijo de un histórico héroe político que acrecentaba aún más, si cabe, su propio peso específico. Todos le rendíamos una especie de culto. Era muy comedido y realista, muy realista. Nosotros nos dejábamos llevar por las utopías y era él el encargado de devolvernos a la realidad. Tenía la virtud de dirigir siendo uno más. Nunca quiso ningún cargo y siempre promovía los consensos. Le gustaba que las cosas se discutieran lo que hiciese falta, pero una vez tomada una decisión, había que ir a muerte con ella, aunque le disgustara.

¡O todos o ninguno! ¡Una manzana podre no es más que una sola manzana podre, pero puede echarte a perder todo el lagar!.

Supongo que eso habría sido de viernes, y sólo lo supongo porque hace mucho tiempo de eso, demasiado, y mi memoria ya no es la de entonces. Así que el sábado fuimos Gerardo y yo a la montaña. Uno de los pocos nexos de unión que teníamos, supongo que por la gran diferencia de edad, era el ajedrez. Y recuerdo que de eso hablamos buena parte del camino. Era un gran jugador de ajedrez y me sorprendió que me confesase que en realidad no le gustaba mucho. Lo practicaba para mantener la mente ágil, había otros juegos de estrategia que le gustaban más, pero los practicaba todos para desarrollar capacidades mentales que de otra forma sería imposible.

–          ¡Los detalles, los pequeños detalles son los que marcan la diferencia. La diferencia entre hacer las cosas bien o no, en todo!.

Y en eso estaba yo, en los pequeños detalles. Me había dado cuenta de que habíamos hecho algunos rodeos. Habíamos bajado al río varias veces y me había invitado insistentemente a apreciar la belleza del mismo. Tras un último rodeo, nos sentamos en una pequeña loma, guarnecidos por los arbustos. Aunque era temprano, propuso comer allí, charlamos de naderías y disfrutamos del paisaje.

Después de un buen rato y en plena digestión, pasó lo que suponía, como suponía, pero no exactamente lo que suponía.

Sutilmente sacó a colación la reunión del día anterior. Dejó que me explicara, que expusiese mi descontento y hasta permitió que me desahogara, luego, autoritariamente, comenzó a hablar.

–          La asociación está muy bien como está. Es un foro de ideas, de opiniones, de inquietudes. Es como si dijéramos un estandarte. Es lo que se ve, lo que la gente ve. Digamos que es algo que forma parte del conglomerado cultural de la ciudad.

Para la acción, para la verdadera acción, ya hay otra cosa. Y está al margen de la asociación, no tiene cabida allí, aunque en esencia sea lo mismo. Digamos que es el mismo fin con distintos medios. Tenlo siempre en cuenta y que te quede claro.

Sacó unos prismáticos de la mochila y sigilosamente nos acercamos al río. Lo cierto es que yo no tenía nada claro ni había entendido nada, pero le seguí, más por miedo que por otra cosa, se había puesto tan solemne y regio que confieso que me asustó un poco. Me pasó los prismáticos y me indicó adónde mirar. Me quedé estupefacto, creo que hasta los ojos llegaron a golpear las lentes de los prismáticos en un intento de salirse. Había una gran balsa de cemento camuflada por arbustos y un pequeño tubo vertía un hilillo de líquido viscoso directamente al río.

En aquel momento no me percaté, pero hoy me doy cuenta que la puesta en escena fue digna de un maestro del cine. La naturaleza, el río, los animales salvajes, el río, las montañas, el río y el río. El río herido y sangrando. De ahí aquel empeño en disfrutar del paisaje y de su belleza. Me había tocado todas las fibras sensibles que hubiera sido posible tocar.

–          Hay un golpe de mano preparado. Seremos cuatro, tú puedes ser unos de ellos. Esto es como el ajedrez, debes mover ficha, pero no hay posibilidad de volver atrás. Si no quieres participar, no preguntaré nada ni te diré nada, no necesitas saber más. El paseo ha sido estupendo y aquí paz y después gloria. Si quieres participar, estas invitado. Tú decides.

Y decidí, después de unos minutos decidí. Decidí convertirme en un activista, un terrorista o un simple gamberro. Lo cierto es que nunca lo sabré a ciencia cierta.

La balsa pertenecía a una explotación de mineral a cielo abierto. Allí iban a parar toda una serie de residuos líquidos de inexacta procedencia. El aceite usado de los camiones formaba parte del conglomerado. En teoría, esa balsa estaba destinada a almacén temporal, periódicamente una cuba lo vaciaba y vertía esos residuos en un lugar adecuado para ellos. Así constaba en un informe entregado tras la denuncia puesta.

En la práctica, se había incrustado un tubo a una prudente altura para que rebosara por él los residuos más líquidos, ahorrando muchos costosos viajes a la cuba y envenenado un río que no sólo llevaba agua, sino también la sangre de nuestros antepasados.

Desanduvimos el camino y quedamos en vernos un día por la semana. El golpe de mano sería en la madrugada del viernes y de momento no necesitaba saber más. Lo único que necesitaba era callármelo todo.


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