Posteado por: barrenado | diciembre 20, 2010

FOLLETÍN DE COLORES

Sometida a riguroso debate interno la conveniencia de las declaraciones vertidas en mi último post, he llegado a la conclusión de que no debería haberlo hecho público, pero amparado en el anonimato tanto de las historias como de sus personajes, incluyéndome a mí mismo, he decidido que tampoco es tan grave. Al fin y al cabo, era algo que estaba perturbando mi paz, remordiéndome la conciencia y creándome una inquietante inquietud que necesitaba exteriorizar. Ningún lugar mejor que mi aliviadero, mi respiradero, mi blog.

Me arrepiento del desmesurado uso de palabras malsonantes, algo inevitable en mi vocabulario, que cada día que pasa pierde en riqueza y en belleza, e inevitable porque trato cada día de corregirlo sin mucho éxito. Lo que me preocupa es que paulatinamente esa infección dialéctica se contagia a la escritura, pero trataré en lo sucesivo de no escribir “tacos”, que bastantes digo al cabo del día.

Escribía cuatro historias que bien podían ser cuatro argumentos novelescos, pues bien, hoy bien podrían ser cuatro colores.

El blanco de la palidez del enamorado, que no le apetecía hablar del tema pero acabó hablando porque el marido de la amada descubrió que había otro, descubrió el número de teléfono y se pusieron todas las cartas boca arriba. Sí, le dejaba por otro. Al menos podrá encontrar el consuelo que en su día encontré yo, le deja por otro y no porque él sea insoportable, mediocre o lo que sea.

El amarillo o el marrón, o la mezcla de ambos. Una resaca impresionante y unas generosas ojeras. Y el miedo, el miedo a no saber lo que se encontraría al llegar a casa y tuviera que enfrentarse a los ojos de su mujer después de haber llegado muy avanzada la madrugada, silenciosamente pero metiendo mucho ruido.

Y el rojo, reflejo de los sonrosados mofletes del que hace cábalas para pasar un poco de la tarde en una habitación de un barato hotel. Rojo de las chispas que encienden la mecha de la pasión. Muchas fiestas familiares y pocas disculpas para ausentarse, hoy quizás última coyunta con alevosía del año.

Y el negro, la ausencia de colores. El negro de la ausencia. La ausencia misma. El no estar, pero estando aún. El estará, espero.

Y luego yo, que sería el rosa para el amarillo, el arco iris (la luz a sus propósitos) para el rojo, hube de cubrir su ausencia en el trabajo. El negro para el blanco porque le recuerdo (sin tapujos y sin remordimiento y sin tratar de evitarlo) lo que abandonó, y el verde para el negro, para el ausente que se hizo presente por teléfono.

¿Y yo qué?.

Yo, ni mejor ni peor que ellos. Aferrándome a la sonrisa y al buen humor para capear el temporal. Resistiendo, porque resistir es vencer.

Evidentemente no me voy a criticar a mí mismo, al menos hoy, mañana me examinaré.

Porque mañana no podré evadirme de estas cuatro historias, no podré cerrar las novelas y meterlas en el cajón con la intención de no leerlas más, pero podré escribir sobre otras historias, o sobre mí, la historia más importante jamás contada, pero vivida. Por y para mí.

Mañana, si amanecemos que no es poco, escribiré sobre mí.

 


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