Posteado por: barrenado | marzo 8, 2011

QUÉ COSAS

Las cinco de la tarde, acabo de ducharme y vestirme después de una maravillosa siesta.

A las seis es el desfile de carnaval de los niños, me gusta verlos disfrutar, qué le voy a hacer.

Aprovecho el tiempo que me queda y enciendo el ordenador y me percato de la suciedad de la pantalla. En fin, tengo tiempo, voy a limpiarlo.

Voy al baño y cojo un rollo de papel higiénico, me dirijo a la cocina a por un producto de limpieza. La cocina da a un patio interior, me asomo a mirar y descubro a una vecina tendiendo la ropa. Es una mujer atractiva, muy atractiva, pero es ya una mujer. La contemplo mientras hace. Ha dejado de ser niña, ha perdido para mí todo el encanto, era una niña guapa, risueña, rubia y que siempre me la encontraba paseando su perro. Me gustaba mirarla y sonreírle, que me sonriera. Absorto mirándola descubro que sus facciones han perdido frescura, han perdido inocencia, se ha hecho mujer, sin avisar. Y que la niña de enfrente se haya hecho mujer significa que yo me he hecho más viejo, sin duda.

Cómo pasa el tiempo, irreverente, infalible, contumaz.

Advierto un leve toque de maquillaje, los ojos y los labios pintados, el pelo distinto, edulcorado pero artificial.

Ha cambiado, y no todo es fruto del paso del tiempo, hasta los gestos me parecen diferentes.

Con una pinza en la boca y las manos en la cuerda levanta la vista, me sorprende, atisbo una sonrisa, se saca lentamente la pinza de la boca y el gesto se clarifica, está sorprendida.

La realidad me invade de golpe y porrazo y el ensimismamiento romántico y melancólico da paso a una situación más prosaica.

Me acaban de pillar espiando a una mujer por la ventana, parapetado tras los visillos y con un rollo de papel higiénico en la mano.

¡Dios!

¡Qué vergüenza!

Titubeo, giro cual peonza sobre mí mismo, me azoro. Ya no sé ni lo que he venido a buscar a la cocina, pero sé lo que me he encontrado. No me atrevo a acercarme a la ventana. Cómicamente agachado busco el spray de Cleaning Solution. Bajo la persiana de mi habitación y me refugio con la luz auxiliar de mi escritorio. Y limpio, limpio y vuelvo a limpiar sobre lo limpio. Me tranquilizo y me calmo. ¡Qué mal trago!.

A ver si se me olvida rápido.


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