Posteado por: barrenado | septiembre 1, 2011

VINO BLANCO Y MAR SALADA

En lugar de preguntarme el cómo y el por qué había acabado en la terraza de un bar del puerto con un viejo marinero, me preguntaba cuántos vasos de vino contenía una botella.

Un vino blanco afrutado, reminiscencias de algún efímero momento feliz, esperar a las amables opciones del camarero, una ligera duda ornamental, decidirme por el segundo o el tercero, al principio, luego por el más fácil de pronunciar.

Seis u ocho vasos por botella, prudente determinación. Dando por bueno el cálculo, más de una botella encima, imprudente osadía.

Al frente la playa, donde la tierra da paso al mar. Y en el mar el horizonte, donde el mar da paso al cielo.

Y el viejo marinero hablándome y yo sufriendo por miedo a no poder escucharle.

– Lo he meditado mucho y he llegado a la conclusión de que el Dios Mar no es tan despiadado como aparenta.

 Nos da de comer.

 A cambio, de vez en cuando, se cobra su tributo.

 El precio es muy alto, lo sé, pero también lo sabíamos de antemano todos los marineros y, aún así, salíamos a la mar. Y aún hoy siguen saliendo y seguirán saliendo con toda certeza hasta el fin de los tiempos.

 El mar se llevó a David, era su tributo. Siempre creí que a mí no me había llevado por ser viejo y débil mientras que él era joven, fuerte y sano.

 Me equivocaba, no me llevó por mi mujer Melisa. Puede haber pocas cosas más dolorosas en este mundo que perder a un hijo, pero una de ellas sería perder a un hijo y a un marido.

 Todo lo que tenía.

 El mar no me llevó el mismo día porque no quiso ahogar a Melisa en vida.

 Nos tenemos el uno al otro y los recuerdos.

 No podemos dejarnos vencer por el mar, no podemos ahogarnos en vida, debemos seguir adelante.

 Y seguir adelante cuando, justamente, es retroceder, es ir hacia el fin. Seguir hacia adelante, envejecer, morir, ir hacia atrás. Paradojas de la vida.

Apuró el trago y llamó al camarero para que pusiera otro vaso para mí.

– Mi tiempo por hoy se ha terminado, lo que me queda está reservado para Melisa. De aquí en adelante es tiempo de los jóvenes. Mañana será otro día.

Se despidió amablemente, pero de forma certera, no dejó lugar a dudas.

Y yo me quedé contemplando el mar en la oscuridad. Rumiando lo escuchado y calculando mentalmente el recorrido de vuelta al hotel, calibrando. Sopesando las fuerzas y las condiciones y acabando por reconocer que estaba borracho, pero feliz. Y la tempestad no era de tal magnitud como para impedirme llegar a puerto, pero llegar a puerto no significaba encontrar la calma, y de eso me di cuenta más tarde, bastante más tarde, estando ya en el puerto. Porque la cama se hizo un barco y el vino acabó saliendo por donde entró.

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Responses

  1. Buenísimo. Me ha encantado. 😉


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